Volando en columpios, luego en helicópteros
- Camille
- 14 may 2017
- 6 Min. de lectura
I
Era de noche y Camille tenía 13 años, estaba en su cuarto pensando por qué no tenía amigos, acostada en su recamara mirando hacia el techo, con las luces apagadas y el reflejo de la luna en su ventana. No le gustaba cerrar las cortinas, decía que la luna y ella se entendían, que se parecían.
—Mamá, brillo como la luna.
—La luna no tiene luz propia, Camille.
—Ya lo sé, a eso me refiero.
Su mamá la miró desconcertada, hizo un gesto con la boca, le dijo “loca” y se fue a su habitación.
—La locura se hereda de los padres —dijo.
—A la próxima heredas cosas buenas —gritó desde la habitación y se echaron a reír, mientras se hablaban entre paredes que dividían sus habitaciones.
—No quiero que papá y tú, me despierten esta noche, por favor.
—¿A qué te refieres hija?
—A estar escuchando sus jadeos y a ti gritando “Jesús”. Tengo que madrugar, por si no lo recuerdan.
La madre de Camille se sintió avergonzada y sus mejillas se tornaron de un rojizo intenso, por lo que no le respondió. Mientras Camille se reía mentalmente, decidió postrarse en su ventana observando la inmensidad de la noche y las cosas que solo pasaban en esas horas del día. Se puso a pensar en cómo sería su primera relación sexual, se imaginaba algo como dos perros apareándose y que al final se quedaban pegados como había visto en la calle, pero le dio repulsión no más de pensarlo y dejo de imaginar en el futuro incierto, le echó la última mirada a la luna y se acostó a dormir.
Al otro día, después de la escuela, hizo tareas y decidió salir al parque.
—Mamá voy a ir a los columpios —gritó desde la puerta.
—Ajá —respondió su mamá desde la cocina.
Caminando por la acera, pisando la hojarasca de aquellos árboles viejos de la calle con sus botas favoritas para la lluvia que eran de color verde, decidió echar un ojo a la casa del chico que le gustaba. Alejandro era de su escuela, pero dos años mayor. Inmiscuyéndose en la propiedad, observaba desde el jardín el cuarto del chico, lo veía mientras se quitaba el uniforme, Camille pensaba que era muy atractivo, pero en el fondo sabía que era un idiota.
Al quitarse la camisa Alejandro nota una cabeza espiando en su ventana, inmediatamente se acerca y Camille huye avergonzada.
—¡Rayos! Casi me pilla —dijo para sí misma con un tono pícaro y entre risillas.
Siguió su camino y llegó al parque que quedaba a dos calles de su casa, los columpios eran sus favoritos, la hacían sentir más cerca del cielo, pero también le recordaban lo fácil que podía bajar.
Mientras se columpiaba, vio pasar a Alejandro quién había decidido salir con sus amigos a montar bici por el parque, de inmediato reconoció esas botas verdes fluyendo con el viento.
—¡Hey niña! te he visto husmear por mi casa —gritó desde el otro lado del parque, mientras sus amigos se echaban a reír a carcajadas.
Camille, avergonzada ignoró por completo lo que aquel muchacho le gritaba, siguiendo con sus columpiadas, no le respondió nada.
Le gustaba cerrar los ojos para sentir la caída y sin darse cuenta Alejandro se acercó a ella y le preguntó.
—¿Acaso es que eres sorda o te haces?
—Ninguna de las anteriores —dijo impresionada de que Alejandro hubiera venido hasta ella.
—Pues pareciera porque te he gritado, todo el parque ha escuchado y no fuiste capaz de responder.
—¿Responder qué? —agregó Camille, haciéndose la tonta.
—Que te he visto espiándome en mi casa, ¿Acaso se te ha perdido algo?
—¡Claro que no!, no tienes pruebas para decirme eso.
—Te vi hace un momento con tus botas verdes y créeme, no he visto a nadie con esas horrorosas botas, por cierto, parecen vómito.
—Bueno, al parecer tú no sabes nada de moda, eres chico. Las botas verdes son furor en París, así que cállate y déjame en paz.
Camille siguió columpiándose, mientras Alejandro enfurecido seguía su camino en su bicicleta.
Se oscureció y Camille regresó a su casa, otra vez postrada en su ventana y con la vista a la luna, imaginó cómo sería estar con Alejandro, es ahí cuando le llega la imagen de ellos dos pegados como perritos, Camille se echó a reír a carcajadas, tanto así que su mamá fue a revisar si había pasado algo, no era usual que Camille se riera de tal forma.
Cuando su madre salió del cuarto, Camille sintió que después de todo con Alejandro no le daría asco. La verdad pensó en lo que había pasado esa tarde, nunca había dirigido palabras con aquel chico idiota, por primera vez en su vida se acostaba con una sonrisa ansiosa.
Ya era de día y se le había hecho tarde, así que no alcanzó a desayunar y se dirigió corriendo a la ducha, medio se cepilló los dientes y salió disparada a alcanzar el bus. Mientras corría, se encontró a Alejandro en su bicicleta.
—Se te ha quedado algo importante niña, ¿no lo crees? —decía mientras conducía en su bici.
Camille se detiene y observa que no lleva la falda puesta, que va en shorts, camisa y medias a la escuela.
—¡Cielos! ¿qué haces ahí mirándome? ¡Vete! —gritó avergonzada, mientras daba vuelta para volver a su casa.
Cuando terminó de ponerse la falda, agarró algo de comer y se lo llevó en la mano. Decide que lo mejor es coger un taxi para no llegar más tarde. Al llegar a la escuela y haber tenido un retardo en su clase favorita, filosofía, sale a descanso y observa que Alejandro la está mirando, esto la intimida mucho pero decide no prestarle atención.
Llegó a casa, se puso a hacer sus tareas y a leer un poco, otra vez iría al parque.
—Madre, ya vuelvo.
—No te demores.
Esta vez no pasó a husmear a la casa de Alejandro, decidió que ya había tenido suficiente. Pisando la hojarasca como era de costumbre, mirando al suelo, observando la fragilidad de las hojas y el sonido placentero de lo roto, siente que alguien la persigue y mira hacia atrás, no era nadie.
Al columpiarse por tanto tiempo sintió que debía parar y descansar, se recostó en el pasto, aún mirando el cielo. Cuando ya se habían marchado la mayoría de niños y adultos del parque, apareció Alejandro, mirándola desde arriba.
—¿Qué tal la vista?
—Sería mejor si quitaras tu cabeza de ahí.
—¿Te han dicho que eres grosera?
—No, mi mamá se ríe cuando respondo así.
—Ya veo porque siempre andas sola.
—Gracias, necesitaba saber eso.
—¿Qué es lo que tanto ves al cielo? —dijo Alejandro acostándose a su lado.
—Veo la luna y las estrellas.
—Te gusta estar flipando, ¿no?
—Supongo. Pero ahora no puedo, porque me estás molestando con tus preguntas.
—¿Qué tiene tu mundo que éste no?
—Silencio.
Alejandro sonrió sutilmente y contempló con aquella chica la inmensidad que la humanidad se estaba perdiendo. Pasaron alrededor de 2 horas en las cuales estuvieron en silencio, sólo mirando el cielo, cuando Camille recordó que tenía que regresar a su casa porque su madre la iba a matar, se levantó deprisa y solo le dejo un adiós en el viento a Alejandro.
Otra vez en la ventana, pensando, sintió en el fondo de su estómago algo que la quemaba, no era gastritis ni un gas atrapado, era Alejandro. No solo su estómago lo sabía, también su vagina. Se sintió orinada, nunca le había pasado. Decidió echarse a dormir para que no le siguieran pasando más cosas extrañas, una abducción estaba dentro de las posibilidades.
Y así pasaron varios días, en los cuales Alejandro y Camille se acercaban cada vez más, viéndose todas las tardes en aquel parque, observando el cielo y caminando mientras pisaban la hojarasca, tanto así que un día Alejandro decidió invitar a Camille a su casa.
—Oye, mis papás se irán este fin de semana donde unos familiares, tal vez te gustaría ir y podemos ver películas o comer algo…
—Está bien, iré.
—Muy bien —dijo Alejandro entusiasmado en el fondo.
Camille esa noche llegó a su casa y le contó a su madre que había conocido un chico en la escuela y que al parecer le estaba gustando, además que la había invitado el fin de semana a salir al centro, conocer la ciudad y que por la noche se iría a quedar donde su prima, ya que hacía mucho no tenían una pijamada. Su mamá le dio permiso y luego Camille se dirigió a su habitación.
En la ventana, cerró los ojos y pidió profundamente a las estrellas que pasara lo que tuviera que pasar. Luego, se acostó a dormir con dificultad debido a las ansias que tenía por lo qué pasaría al día siguiente.
Por fin, era sábado, la mañana de Camille pasó muy lentamente y por eso estuvo desesperada e impaciente, su mamá le aplicó un labial que la hiciera ver linda pero natural y eso fue todo.
—Que te vaya bien mi amor, me llamas cuando estés donde tu prima.
—Gracias, lo haré, chao má.
Dirigiéndose un poco torpe a la casa de Alejandro, resbala en un tumulto de hojarasca y echa maldiciones, pero sigue su rumbo sin importar lo que hubiera pasado. Cuando llega, se empina un poco para tocar el timbre, en un santiamén abre Alejandro con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola, me alegra mucho que hubieras podido venir.
—Hola, lo sé, a mí igual.
—Sigue —dijo mientras la llevaba por toda la casa tipo tour turístico.
Llegaron al cuarto de Alejandro, antes de entrar los dos se miraron, como sabiendo lo qué iba a pasar después de que cruzaran esa puerta, sabían que al salir de ese cuarto no serían los mismos. Tenían esa mirada de complicidad que sólo dos personas inexpertas podrían poseer. “Que Dios nos bendiga”, pensó Camille.

-CAMILLE.
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